Bien temprano nos levantamos el 28 de Diciembre para viajar hacia Santa Marta. El bus nos costó 22.000 COP y llegamos aproximadamente al mediodía. En el camino tuvimos algunos inconvenientes. Por ejemplo, en Barranquilla el bus rompió el aire acondicionado y tuvimos que cambiar de unidad. Por suerte en otro que justo salía, había dos plazas disponibles asi que las ocupamos Nico y yo.
Al llegar a Santa Marta, el calor nos recibió nuevamente, cargamos nuestras mochilas al hombro y luego de llamar a Jairo,nuestro couch averiguamos en la terminal el precio del pasaje hacia nuestro próximo destino que era Manizales.No sale nada desde allí, por lo que vamos a cambiarlo: iremos a Bogotá o a Medellín desde aquí.
Lo que continuó por ese día no fue mucho porque la noche llegó al instante. Sin embargo, al otro día comenzamos a explorar las playas. Durante la mañana fue más bien tiempo de caminatas por el parque dado que estuvo nublado. A medida que el sol fue asomando, comenzamos a aprovechar las vistas increibles que el parque facilita a los turistas y más tarde, aprovechamos el mar, que no se compara con la claridad y la calidez de la Playa Blanca, pero su encanto está en la combinación de dos ecosistemas, playa y selva, que le da un toque exótico y lo pone en otra categoría respecto de las playas convencionales.
Más tarde, levantamos campamento y nos dirigimos hacia Arrecifes. En el camino paramos un rato a descansar en La Piscina y conocimos a una señora con su hijo Carlos, quienes luego de unas charlas nos ofrecieron ayuda en Bogotá, para cuando estuvieramos allá. La Piscina es una playa donde el mar se explica por su nombre. Es muy tranquilo, casi sin olas por la existencia de una barra de coral que disminuye la intensidad de las olas que provienen del mar abierto.
El día 30 de Diciembre no nos recibió de la mejor forma: una intensa lluvia nos despertó por la madrugada y ya la carpa empezaba a ceder y algunas gotas comenzaban a mojarnos. La lluvia se intensificó, nos mojamos todos y hasta se había formado un charquito en nuestra carpa, las bolsas de dormir estaban mojadas, y nuestros cuerpos aún más, pero por suerte el calor hizo que fuera una situación manejable. Era nuestro último día en el Tayrona y más que despedirnos, el Parque parecía que nos echaba a baldazos de agua.
Así y todo, levantamos campamento y nos dirigimos hacia una playa intermedia entre Arrecifes y la Piscina, que suele ser muy tranquila pero por el viento que había estaba muy picada. Fue cuestión de pasar un rato hasta que llegó la hora de marcharnos hacia la ciudad nuevamente.
















































